Arte, mirada e inclusión social

Actualmente trabajo con personas con trastorno mental grave (TMG) y desarrollo un trabajo educativo en colaboración con Educathyssen. Para quien no lo conozca, EducaThyssen es el nombre del Área de Educación del Museo Thyssen-Bornemisza y allí trabajan 14 profesionales, de los cuales 8 son educadores que, entre otros proyectos, desarrollan visitas grupales enfocadas a la recuperación de las personas con TMG en coordinación con profesionales de la rehabilitación psicosocial bajo el establecimiento de una alianza estable a largo plazo. Se pretende que el arte pictórico sea una herramienta que facilite nuevas posibilidades terapéuticas, sociales y emocionales y descubrir que los museos también pueden ser espacios comunitarios accesibles a todas las personas.

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Los educadores del Thyssen no son guías, son facilitadores que conectan de una forma natural con los grupos; como dicen los flamencos, “tienen duende” porque gastan ese talento que les hace convertir su acción educativa en puro arte. Y lo hacen usando la palabra, la validación de cada percepción de todos los asistentes, la escucha y la pregunta abierta. Hay una horizontalidad en su enfoque que enseguida es percibida por las personas a las que se dirigen. Desde esta perspectiva, lo clínico no tienen cabida en la forma de llevar a cabo estas inmersiones artísticas, aunque luego estas puedan llegar a servir para los fines de aquella.

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Este es el marco desde el que quería contar cómo el arte puede ser un excelente aliado para evolucionar, aprender, recuperarse y potenciar la inclusión social.  A lo largo de dos años de colaboración, cada visita al Thyssen, siempre única y diferente cada vez, me ha hecho ver mi trabajo educativo con más amplitud y considerar el arte como un potente medio de comunicación y conocimiento y como un vehículo perfecto para que las personas aprendan de sí mismas y de los demás mediante una metodología participativa basada en un continuo diálogo entre la obra y la mirada de los observadores que son constantemente estimulados a expresarse en torno a las pinturas y a los temas de interés que el propio grupo ha elegido previamente en función de sus propios intereses.

Mi percepción de lo que es un museo ha cambiado. Ahora creo que debemos cuestionar ese concepto museístico clásico y tradicional que se presenta ante nosotros como una fortaleza inexpugnable e inaccesible que custodia el conocimiento que reside en las obras artísticas y cuestionar el propio papel del espectador. ¿Cuál es el papel de la gente frente al arte? ¿Es un papel pasivo de mera observación? El público, ¿solo somos clientes que pagan una entrada? ¿Cada obra de arte está hecha por el artista para expresar algo, sin más, o bien pretende transformar algo?¿Qué y a quién podría querer transformar el artista?

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El público tiene que emanciparse y empoderarse impregnándose de la circularidad del conocimiento que existe en las obras de arte. El arte no debería ser concebido como algo lineal o jerárquico. Algunos museos intentan poner patas arriba esa concepción del arte como algo lineal y elitista para transformar el propio museo, al menos desde el desarrollo de otro tipo de visitante, más activo, participativo e interactivo. ¿Para qué sirve el arte si no remueve en el espectador lo que piensa, lo que hace o lo que es?

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La evolución personal y social se basa en el cuestionamiento de lo que somos; en su finalidad más esencial, las interacciones sociales y artísticas deberían servir para transformar la realidad individual y la sociedad. Si el público queda desconectado de la obra artística, aún viéndola, la comunicación entre el artista y el observador no existe y los mensajes no trascienden. Las personas no deberíamos ver el arte; deberíamos interaccionar con el arte, interactuar con lo artístico y para ello tenemos que aprender a MIRAR, VER y PERCIBIR lo artístico.

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Este es el primer paso para cuestionar la realidad. Si como público percibimos el arte, sentiremos que hemos conectado con el artista aunque solo captemos una parte del mensaje de la obra, generalmente expresada a través de símbolos y metáforas visuales. Y, a partir de ahí, cuando sentimos que hemos conectado con la obra artística y que está removiendo lo que somos, empezamos a vivenciar el arte como una experiencia transformadora. Llegados a este punto, nuestro papel como público ha cambiado y sentiremos que empezamos a compartir códigos y canales comunicativos con el arte y comenzaremos a apropiarnos del ingente conocimiento que transmite; habremos conquistado esos espacios culturales en los que se depositan las obras artísticas, sea un museo y otras veces situados incluso en plena calle. ¿No es sugerente esta idea de que la gente conquistemos los museos y la calle apropiandonos de estos espacios? Ahora pienso que el espectador es parte esencial en la obra artística, que su papel es fundamental para el mensaje de la obra y eso tenemos que saberlo los observadores para participar de forma más activa en la experiencia artística. El reto es aprender a interaccionar con el arte  y compartir el protagonismo con el artista porque, ¿acaso los artistas deseaban que las personas se sintieran inferiores ante sus obras o bien que estas nos inspirasen y nos sugirieran otros aspectos de la realidad que quizás no hemos o no estamos teniendo en cuenta?. El arte no pretende ser objetivo, exacto o científico; el arte es más bien intersubjetivo, lo que significa que la interpretación que cada persona hace de la obra artística es única. La obra está viva porque interactúa con cada observador de forma distinta ya que la historia personal de cada individuo es diferente, motivo por el que cada obra inspirará en cada persona algo único. En este proceso no hay imposición sino un profundo valor de libertad; no hay un corsé en la obra artística porque no hay una versión única oficial sobre lo que es la obra de arte; no hay un experto que te diga que lo que estás viendo es así, porque cada persona está experimentando reacciones particulares y diferentes.

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Y todo esto tiene una clara utilidad en la intervención social. El arte puede permitir la elaboración individual y grupal de aspectos clave que repercutan en la mejora de las personas en situación de vulnerabilidad social. Se puede trabajar y profundizar en cualquier tema a partir de las reflexiones surgidas de la interacción con lo artístico. Si la elección de dichos aspectos clave es realizada por el propio grupo y las personas objeto de intervención participan en todo el proceso de organización de la experiencia, tanto más significativo será el aprendizaje que resulte de la experiencia. Al final, se trata de que las personas descubran que el arte está hecho para ell@s, que el artista contaba con su mirada y que buscaba un impacto atemporal en cada individuo. Y así, en lugar de sentir que el arte es incomprensible y lejano a sus intereses, se comienza a percibir como una valiosa herramienta de mejora personal, incluso llevando a la propia experimentación artística colocándose en la posición de creadores. Y es así como he descubierto que el Museo es un espacio de encuentro comunitario accesible muy útil para desarrollar algunas áreas del trabajo socioeducativo.

 

 

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