Rabia y cartón

Fernando estaba aterido por el frío. No conseguía entrar en calor en aquella invernal noche de Madrid. La calle solo debería ser un lugar de paso, un recorrido necesario para llegar a algún lugar cubierto y funcional, pero para Fernando, la calle era su destino final y su casa. “Sin techo” era la etiqueta que alguien le había colgado, un eufemismo para decir que no tienes nada, no eres nada, no existes.


Cuando era niño, Fernando amaba la calle porque era el escenario diario de interminables juegos con sus amigos, un lugar en el que el tiempo pasaba sin darse cuenta y le hacía sentir una sensación de inmortalidad y de eterno placer. En ella descubrió el valor de la amistad y de la lealtad forjada entre risas amigas y relojes muertos. Sí, si lo pensaba bien, Fernando podía asegurar que aquella infancia callejera había sido la época más feliz de su vida. Pero eso fue hace mucho tiempo.


Ahora, en una cruel y navideña noche de diciembre madrileña, al raso, Fernando luchaba infructuosamente por entrar en calor, tumbado en el banco de un parque junto a Puente de Vallecas, sin más posesiones que su mugrienta ropa, cincuenta céntimos y un enorme cartón desplegado que apenas alcanzaba a tapar su cuerpo por completo y que dejaba sus sucias botas al descubierto.


El frío hacía horas que había acabado con su hambre, como si su cuerpo aún conservara ciertos e inteligentes resortes de supervivencia que se activaban para seguir prolongando la agonía que vivía desde que hace dos años le desahuciaran de su vivienda, perdiera su empleo y su familia le diera la espalda. La calle ya no era para Fernando aquel idílico lugar de la infancia sino el hostil decorado de su mala fortuna y el escenario de una tragicómica obra de teatro representada cada noche sin público.

Imposible dormir. Fernando se incorporó y comenzó a caminar por la avenida de La Albufera dirigiendo sus pasos hacia la luz de un escaparate que había quedado iluminado. Era una tienda de muebles, de esas que simulan artificiales y confortables espacios de hogares sin personas que no pueden utilizar personas sin hogar; se quedó observando un dormitorio juvenil en cuyo centro se hallaba una cama hecha con un embozo de tiralíneas, mientras aún sentía su cuerpo agarrotado por la dureza de las tablas del banco del parque. Posó su negruzca mano en el gélido cristal y sintió una rabia infinita. ¿Quién había puesto aquello allí?¿Por qué la vida le hacía esto? Retrocedió, cogió un adoquín suelto de la destartalada acera y lo lanzó con ira contra aquella frontera cristalina, quebrándola y abriendo un hueco por el que pudo pasar, sin llegar a hacerlo. Jadeante, aún con los ojos enrojecidos y vidriosos, comprendió que ya no tenía fuerzas ni para salir de la calle ni para entrar en aquel atrezzo de sueño y confort.

Miguel Ángel Manchado

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