Mi vida no confinada

Esta es mi primera publicación en este blog. Miguel Ángel me invitó a participar en él, y pensé: ¿Por qué no? Comparto con vosotr@s este relato que escribí durante el confinamiento. Con él, me metí en la piel de Mayte como si fuera la mía propia. Es parte de la magia de la escritura…

Eran las 12.30h del viernes 13 de marzo y volvía del supermercado de comprar. En ese momento me llamó mi amiga Adela. “Mayte, cómo estás? Hija, hablaba con Mariano de que cómo se están poniendo las cosas con el dichoso coronavirus de las narices. Dicen que va a salir Pedro Sánchez a dar una rueda de prensa”.

“Hola Adela cariño, pues  yo vuelvo de comprar mis boquerones en vinagre y mi botellita de vino blanco para tomarme un vasito ahora en cuanto llegue. Me regañó ayer Sofía porque dice que soy muy callejera y que no están los tiempos para hacer tonterías. Para remate, me dice que parezco una niña pequeña. ¡Quién nos diría que pasaríamos de criar niñ@s mocos@s a hij@s adult@s que nos dan lecciones de vida en todo!”

“Es verdad Mayte, pero razón no le quito a tu hija. Mira lo que ha pasado en los centros de día, que los han cerrado todos por el maldito coronavirus, así que, vete a casa y ponte en la tele a nuestro querido Pedro”

Me siento delante de la televisión con mi vasito de vino blanco a escuchar la rueda de prensa. Lo que le escucho decir, me deja atónita y con cierta inquietud en el cuerpo. Mañana venían mi hija Sofía y mi nieto Luca a comer. Quizá ya no sea buena idea. Aunque conociendo a Sofía, decidirá y tomará las riendas de la situación antes de que yo la llame. A veces me recuerda tanto a su padre con ese ramalazo mandón que le sale…

No he sido capaz de mover ni un milímetro mi cuerpo desde que comencé a ver  la rueda de prensa que ha dado el presidente en la tele. Siento que mi cuerpo se ha quedado varado como el de una ballena a la orilla del mar. Sin embargo, siento los pensamientos fríos y comedidos,  amarrados para no caer presa de ningún pánico. Pánico como el que estoy percibiendo estos últimos días a mí alrededor. Ese pánico que todo lo inunda y que causa estragos  en la psique de cualquier humano que se precie.

Son las 3 de la mañana en mi reloj cuando me despierto de un sobresalto. Caí dormida en mi sofá sin recordar muy bien la hora. Mi cuerpo se venció y  mi cabeza le acompañó en ese viaje. Me abandoné a esa sensación de letargo que me inundaba. Sentí que me apetecía leer algo y fui directa a la estantería donde tengo todos los libros. Todo un homenaje a la vida y a las palabras que he ido construyendo desde que mi marido murió en aquel fatídico accidente.

Mi cabeza somnolienta, no es capaz de decidir que título coger  y me dejo llevar por el efecto sorpresa. Cierro los ojos y muevo la mano por toda la estantería. Ésta, caprichosa, se detiene en un momento dado. Ella ha elegido por mí.

“La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne. Sonrío, porque me doy cuenta de que el cuerpo una vez más, sabe. Sabe lo adecuado en cada momento. Curioso que desde ayer, nos encontremos tod@s encerrad@s en nuestras casas a punto de emprender el viaje más profundo, y a la vez más incierto que much@s hayamos hecho en nuestras vidas. Un viaje que ahora comenzamos, pero que no sabemos cuándo y cómo terminará.

Así comenzó mi viaje, acompañada por Julio Verne, que durante el confinamiento, calma esos silencios opacos que mi cabeza irremediablemente se pone a interpretar.

Llevo siete días de confinamiento en casa, con la compañía de Verne y de mi gata Bette (en honor a Bette Davis). Me siento acompañada. He tenido que decir a mi hija Sofía que no me llame tres veces al día. Se ha enfadado conmigo, pero para que ella calme su angustia, me niego a estar colgada al teléfono todo el día. Agradezco más las llamadas o mensajes espontáneos de Adela y de Claudia. Claudia está viuda como yo. Perdió a su marido hace ya muchos años, y bueno, las tres hemos hecho piña ante las adversidades de la vida. Nos juntamos por las tardes a coser, a charlar y de vez en cuando a tomarnos un vinito y a reír un poco de anécdotas compartidas. Por suerte, a mis 75 años, aún no tengo grandes problemas de salud. Sólo cosillas que, gracias a Dios, no me impiden hacer una vida independiente.

La tele se ha vuelto Satanás para mí. Me enfada que la programación de la tele no cuente más que cosas dantescas  “que si asciende el número de muertos, que si los hospitales están colapsados,  que si la economía…Y para rematar,  los papanatas de la oposición haciendo alarde de su bajeza moral. En definitiva, que la tele ya no la enciendo. ¡Qué poca consideración para la gente mayor que no tenemos los “chismes” esos para ver series o películas que tiene la gente joven!

Como alternativa, si quiero salir de mi mundo para saber sobre los otros mundos que están fuera, me parapeto bien con el disfraz de marciana y me bajo a la calle a comprar el periódico.

Me mandó Sofía una hoja con dibujitos de ejercicios para hacer en casa , y aunque me cuesta, reconozco que lo hago un ratito todos los días para que mi viejo armazón no acabé por derrumbarse. Aún le queda por dar mucha guerra. Mi pequeño cuerpo lo demanda, lo necesita y me pide a gritos que lo mueva. Digo yo que los viej@s igual no morimos del coronavirus, pero de  no dar paseos ni movernos, igual nos morimos de una trombosis. De esto hablaba por teléfono  con Adela el otro día. Nos reíamos recordando nuestro paseito diario por el Parque de las Cruces “Mayte hija, a mi estos cacharros para hablar no me van. Donde va a parar esto con vernos cara a cara” .

Claudia, de las tres, es la más hipocondriaca. Cada vez que la cuento que bajo a por el periódico y a comprar algunas cosas de comer más de una vez a la semana para que me de el aire en la cara, se preocupa muchísimo “Mayte no deberías hacer eso, fíjate en todas las personas mayores de 70 años que están muriendo. ¿Y si somos las siguientes?”. Termino calmándola yo, pero no la convenzo. Ella esta absolutamente poseída por el miedo. El terror diría yo. Y aunque no se lo diga, la entiendo…Claudia no ha tenido una vida fácil. Bueno, y quién la tiene o la ha tenido? Quizá la diferencia de todo radica en la actitud ante la vida, y la de Claudia es una actitud preocupona siempre. Con o sin coronavirus. Aún así, la quiero. Es de esas personas que siempre están ahí. He perdido algunas amigas por el camino de la vida. Esto me ha ayudado a ver la muerte más cercana y también a vivir cada día como si fuera el último.

Van pasando los días. Ya llevamos 17 días confinad@s. Verne y Bette me hacen compañía, cada un@ a su manera. Verne me hace volar a otros lugares, me transporta a la aventura. Me hace recordar mis viajes de joven. Los siento tan vividos, tan claros..Bette, que es una gata melosa donde las haya, se sienta en mis piernas mientras leo. Recogí a esta gatita hace ya 11 años de un cubo de basura, cuando era una ratita chiquita y azabache. Tiene su carácter, aunque mucho más suavizado que el de la Bette actriz. Por suerte. Esta gatita dulcifica mis días de confinamiento, me ayuda a sentirme mejor cuando me despierto triste. Nunca  imaginé la compañía que un animalillo puede dar, pero así es, así es…

Suelo salir todos los días al balcón a las 20h. Es el momento de los aplausos. Es ahí donde me encuentro con mis vecin@s. Me gusta verlos. Llevo dos días sin ver a Josefa, la señora mayor del primero. Siento una opresión en la garganta cuando pienso en ella. Josefa es la mayor del vecindario. Una mujer que llegó de su pueblo en Extremadura con 18 años para limpiar las casas de los “pudientes”, como ella misma dice. Una mujer que ha trabajado como una mula. Ella continúa activa a pesar de sus 88 años. Su marido lleva seis años en una residencia de la Comunidad de Madrid en Morata de Tajuña. Debido a la lejanía y a la avanzada edad de Josefa, ésta sólo ve a su marido cuando su hijo Antonio junior la lleva en coche, algo que suele suceder una vez al mes. Hasta que llega ese deseado momento para Josefa, ella se conforma con ver a Antonio en fotos y recordarle en su memoria. Recordar su sonrisa, sus chascarrillos y su mirada azul como el mar.

Hoy día 30 de confinamiento, me llamó mi hija como hace cada tres días y se puso mi nieto Lucas” Abuelaaaaaaaa, te echo de menos”. ¡Le quiero tanto y anhelo tanto el poder abrazarle y tocar su suave piel! Luca tiene 6 años, y desde pequeño, ha sido un niño “diferente”, muy imaginativo, creativo y afectivo. Junto a Bette, Luca llena mi vida de una forma que en la actualidad nadie lo hace. Me cuenta que está haciendo un dinosaurio, con no sé qué material, y que me lo va a regalar cuando pueda venir a mi casa. Siento en ese momento como una lagrimilla recorre mis mejillas. “Gracias cariño, la abuela está deseando verte, abrazarte y que le enseñes ese precioso dinosaurio”

Embelesada me pillo a mí misma, entre la tierra y el aire. En ese espacio intermedio indefinido, en el que, a veces, y cada vez con más frecuencia, me encuentro. Quizá es mi manera de colocarme en un  lugar más amable y que soy capaz de sostener. Vuelvo al espacio terrenal  porque la cazuela que he dejado en la vitro está demandando mi atención, como hace un bebé recién nacido con su madre cuando la pide alimento.

¡Qué pena que no esté hoy aquí Sofía! Mi guiso de verduras y carne le encanta. Dice que a ella no le sale como a mí, aunque siga mi receta a pies puntillas.En estos momentos que nos ha tocado vivir, sé de su preocupación constante por mí.

En estos días de soledad en casa, regreso a mí, me reviso, me recorro, visito tantos y tantos recuerdos. Aflora como una amapola en primavera, la nostalgia, pero también la alegría y las sonrisas por tantos momentos vividos…En esas ando cuando suena el teléfono fijo de casa. Algo raro ya pasadas las 22h. Es Mauricio, el vecino del 1ºb. Con una voz pausada, me anuncia que Josefa ha muerto. “Cuando llegó al hospital, no había respiradores suficientes. Priorizaron a otras personas más jóvenes. No pudieron hacer más por ella…” “Gracias Mauricio, la echaremos de menos. Josefa siempre tan llena de vida, Josefa siempre animándonos a tod@s”

Me hago muchas preguntas  sin respuesta. Me pregunto cuánto importan las necesidades humanas al sistema global en el que vivimos. Hoy he escrito una carta a Josefa, la he dedicado unas líneas en las que, la agradezco la huella que ha dejado en la tierra, en su tierra, en la tierra de tod@s. La agradezco su contribución a hacer historia como una mujer que nunca se rindió ante nada, una mujer luchadora que amó la vida y que deseaba seguir viviéndola.

Por Natalia Guijarro Garcia

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